viernes, 21 de diciembre de 2007

De cómo se resuelve una muela cariada en Cuba



El presente es un artículo que llegó a mi por Internet, de esos que abundan merodeando nuestros buzones de correo. Fue publicado originalmente por la revista digital Cubanet y me permito compartirlo.
Trata de la manera en que un cubano resolvió un particularmente doloroso lío de muelas, y el viacrusis que según él, vivió para lograrlo. El escenario es en La habana, el mes septiembre el día y año, no lo sé.

El artículo se transcribe exactamente cómo se recibió, ni una coma más ni un punto menos.

CRÓNICA DE UN DOLOR DE MUELAS

LA HABANA, septiembre (www.cubanet.org) -
Llevo tres días con un dolor de muelas que no me deja pegar un ojo. A todas las clínicas que he ido me dicen lo mismo: no hay anestesia.
Una punzada me taladra el lado derecho de la cara. Para colmo, todas las muelas parecen que se sumaron al coro de la rebelde. Ya no sé si lo que tengo es otitis, migraña o sinusitis. Todo se mezcla e una extraña sinfonía que me agota los sentidos.
Entre el no dormir y el malestar parezco una caricatura. Unas ojeras cenizas describen un óvalo alrededor de mis ojos Mi color parece el de cartón cuando ya está viejo. La comida no la puedo masticar, apenas si puedo hablar.
No es culpa mía el que esté así. Hace días que ya veía venir esta crisis. Si me hubiera sacado a tiempo la muela no habría llegado a esto, pero en las clínicas dentales de La Habana parece que la anestesia se ha exiliado. Aparte de esto, el servicio estomatológico estatal es pésimo. Es común ver en los departamentos de estomatología, como la escuela de Carlos III y otras clínicas municipales, largas filas de personas que no pueden ser tratadas por diferentes razones.
Cuando no falta la amalgama, es que se rompió el compresor y la temida maquinita no funciona. También un apagón puede sorprenderlo en medio de una extracción, como me ha sucedido a mí. En ese instante, si está anestesiado para sacarle la muela, hay que esperar a que venga la luz y volverlo a anestesiar, pues muchas veces pasa tanto tiempo que la anestesia ya es vieja y no rinde como debiera. Si tarda más de cuatro horas en llegar la luz -los apagones son de 5 y 6 horas sin contar que las policlínicas no tienen plantas- debe regresar al otro día temprano para ver si alcanza alguno de los 20 turnos que se reparten diariamente.
Una opción que tenemos es la de acudir a los particulares. Muchos pagan gustosos los 50 pesos porque les saquen de la boca al incómodo huésped.
Pero, ¿qué hacer si no hay dinero? Esperar, esperar entre rabiosos dolores.
Pero, fatalidad. Ni los particulares tienen medicamentos en estos momentos. Parece que el corte es total. Lo que indica que el cubano con una dieta que hace más de 15 años es insuficiente en calcio, pasará las de Caín. Sin calmantes, amalgama para empastes, ni anestesia, apagones y falta de calcio, lo que viene no es de amigos.
Ya estoy que no aguanto más. Parezco un perro con sarna. Ya he tomado duralgina, meprobamato, diazepán y unas caritativas pastillas de ibuprofén que un amigo me regaló. Pero nada me calma, el dolor persiste. Aunque no quiera las lágrimas me salen involuntariamente. La desesperación y la impotencia me invaden al ver las cínicas declaraciones de la jerarquía sobre la carencia de médicos en el mundo, y aquí no se calma ni un dolor de muelas.
Es en estos momentos cuando más se experimenta la rabia contra un sistema que se dice todoprovidente. En todo caso, todoprovidente de desgracias. Sigo sin entender el sin sentido de un sistema de salud capaz de diagnosticar, pero no de curar.
Es como si a un condenado a la horca el verdugo le explicara el hermoso mecanismo por el cual la soga obrará el milagro de su muerte.
¿Qué harán los personeros del régimen cuando tienen males de salud? ¿Se levantarán a las 4 de la mañana para marcar en algún laboratorio o consulta? ¿Se les podrá decir después de haber dormido en una escalera la noche entera para alcanzar turno, que la esterilizadora no funciona, que el médico no vino o que no hay instrumentos?
¿Después de esto tendrá valor para decir que el régimen sigue siendo sabio? Creo que las respuestas a estas preguntas son conocidas. No hay necesidad de contestarlas.
Pero no más lamentos. Yo mismo me he decidido a resolver este problema. El oxidado alicate con el que bajo las calderas del fogón me servirá para extraerme la muela yo mismo, porque de seguir así, terminaré suicidándome. Así que manos a la obra.
Primero un poco de alcohol y fuego para esterilizar la pinza. Listo. Voy corriendo al espejo, alegre de lo que se me ha ocurrido y de que al fin me libraré de esta indeseable. Pienso en lo grato que será cuando la vea en mis manos, pequeña, vencida. Me paro frente al espejo, abro la boca lo más grande que puedo y....
Nada. No tengo valor. Si estoy escribiendo estas líneas es porque no cometí tal locura, que me hubiera costado la vida. Tal vez mañana o la semana entrante venga la anestesia.
Parece que estoy haciendo infección. La cara se me empieza a hinchar. Un grano con la punta entre amarilla y blanca como la nata de la leche empieza a formarse en la encía, al costado de la muela enferma. Con las dos manos cerradas me cubro la nariz y la boca a la vez, dejando un pequeño espacio entre ellas. Soplo fuerte y trato de oler lo que sale de mi boca y un vaho podrido me deja sin resuello. Es evidente que tengo una infección.
El problema ahora es el antibiótico, pues soy alérgico a él. Escasamente puedo tomar tetraciclina, y a riesgo de que se me reviente la encía cuando esté terminando el tratamiento, pues ésta es la reacción que me hace. Un poco más benigna que los otros antibióticos, pero arriesgada también.
De vuelta del médico con la receta, paso por la farmacia para comprar la tetraciclina, y lo que me temía: no hay. Estoy condenado a morir por un dolor de muelas en pleno siglo XXI.
Ya iba camino a casa resignado a seguir aguantando dolor cuando una voz tras de mí dijo:
- ¿Tú andas buscando tetraciclina? Yo no vivo lejos de aquí, si quieres te llevo a una persona que la vende.
Quien me hablaba era una señora de unos 50 años, muy gorda y de color azul fosforescente. Sin opción alguna sólo asentí y seguí a la desconocida que en realidad no vivía tan lejos de casa.
Al llegar me introdujo por un pasillo que custodiaban dos perros de pelea. Se detuvo en la última casa del fondo, sacó unas llaves de su cartera, abrió la puerta y me dijo que esperara en la entrada. Cuando salió traía cuatro tiras de tetraciclina de 12 pastillas cada una, lo suficiente para hacer el tratamiento.
- El tratamiento es de 2 cada 6 horas, así que llevaré 7 tiras por si salen mal los cálculos. Mejor que sobre y no que falte -le dije.
- Cada paquete le cuesta 10 pesos.
Saqué un billete de 50 pesos y dos de a 10 y le pagué. Ya me iba, y la mujer me dijo:
- ¿Te duele mucho la muela? Se te nota muy inflamada, si quieres te puedo resolver unas pastillas que son para los dolores de cáncer, que son un batazo. Lo que cada tableta te sale a dólar.
Sin embargo, el nombre de la pastilla ella tampoco lo sabía. Le dije que sí, pues ya no podía soportar más.
- Sepárame 5 pastillas y dame tiempo para ir a la casa y traerte el dinero.
- No hay problema -dijo ella.
Así que fui a la casa y cogí prestado del dinero que mi mamá guarda para los arreglos de la casa y compré las pastillas. Cuando me iba, la mujer me dijo:
- Mira, vete a ver a este médico a este policlínico que está por el Casino Deportivo y dile que te manda Mercedes. Él puede resolver tu problema.
Agradecido de la señora y con mente positiva pensé en mi rápida recuperación, y en que pronto ya todo sería un mal recuerdo. Aunque las pastillas para dolores de cáncer me calmaron el dolor en menos de lo que ella tardaba en diluirse, la tetraciclina, al cuarto día de tratamiento, comenzó a podrirme la encía.
Ya el dolor había cesado, pero la infección se mantenía. A ello se le podía agregar las peladuras por la reacción que hice hacia el antibiótico. Al sexto día de haber empezado el tratamiento contra la infección decidí ir a ver al médico que la vendedora de pastillas me había recomendado, a ver si ya podía sacarme la muela.
Cuando llegué a la policlínica me extrañó no ver a nadie. Pregunté a la recepcionista si trabajaban ese día, y me dijo que el problema era que no había instrumentos para trabajar. Le pregunté si conocía a un dentista llamado P y me dijo que sí, que estaba en su consulta.
Cuando entré al salón, tres médicos se entretenían en contarse películas unos a otros. Al preguntar quién era P, un moreno joven de bata blanca me contestó que era él, y le pedí hablar en privado.
Cuando le dije quién me mandaba y a qué había venido, casi me caigo cuado me dijo que cada extracción él la cobraba a dólar, pues la anestesia la compraba él de su bolsillo. Yo traía sólo un dólar arriba, que era para si me sacaban la muela, coger un taxi hasta la casa para evitar el sol. Esto no estaba en los planes.
De nuevo sin opción, sólo morir o morir, no o no, sí o sí. Yo estaba allí, y con la oportunidad de salir con la muela en la mano, así que acepté.
He tenido que caminar cerca de un kilómetro a pie para regresar a casa, pero estoy ya curado. Sólo espero que esto no se vuelva a repetir, pues creo que mi voluntad ya no da para otro tanto, ni mi bolsillo. Ojalá no hubiera tenido que escribir esta crónica.

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